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  • José Zendejas Hernández

¿QUÉ ES UNA CREENCIA?




Las creencias surgen como otro de los temas que intentan explicar las razones de la conducta humana


Y miren que ya tenemos bastantes que lo intentan, pero ¿qué tiene de especial este tema? ¿Por qué resulta tan frecuente que acudamos a él para acercarnos al fondo de las razones por las cuales las personas nos comportamos de tal o cual manera? Algo en particular deben tener. El verbo “creer” tiene fuerza, solidez y da la sensación de ser la conclusión de un proceso de pensamiento y análisis que genera certeza a lo que se obtiene. Pero en todo caso, esta sensación de seguridad debería provenir del proceso del manejo de información y pensamiento y no de las conclusiones o del contenido de la conclusión. Lo verdaderamente valioso está en la metodología para pensar y no en aquello en lo que se piensa.

Pero el interés y la atención se ponen en el contenido, y esto tal vez debido a que el proceso de pensamiento desaparece o se hace invisible detrás de las ideas, del producto y del resultado. Y una vez que lo anterior se obtiene, el resto de la argumentación se concentra en darle valor y certeza a lo que se ha dicho. Dentro de este proceso de pensamiento, es común que las dudas y los auto-cuestionamientos no tengan lugar, y esta es una de las principales debilidades de los procesos de pensamiento. Esto significa que se plantean un objetivo y marchan hacia él, sin permitirse siquiera la curiosidad por investigar otros caminos que surgen durante el análisis de las experiencias o interpretaciones de las cuales se derivan las principales creencias de las personas y de las sociedades.

Por lo tanto podríamos adelantar, con la advertencia que en el futuro podemos cambiar de creencia, que estos pensamientos que llamamos “creencias” son el resultado del análisis de determinada información proveniente del exterior bajo una determinada metodología, que nace impregnada del contexto en que se genera y no es fácil que se desprenda de ella. Pero además tienen otra característica muy particular, son autoafirmables, es decir se refuerzan a sí mismas conforme se piensa más en ellas y se encuentra, de manera voluntaria, información en la “realidad” que concuerda con ella.


Y por todo lo anterior se convierten en la estructura que sustenta la personalidad humana. Decir que las creencias son las causas del comportamiento es quedarnos en la superficie, quedarnos cortos en su poder. Me parece que son mucho más que eso. Se constituyen en el tejido emocional y racional sobre el que se construyen las interpretaciones y las nociones de “verdad” o “mentira” de cada persona. Esto significa que no son solamente interpretaciones, sino que al adquirir la bandera de ser “verdaderas”, se convierten incluso en las interpretaciones de las interpretaciones, las verdades de las verdades y los pensamientos que permiten seguir pensando sobre el mundo. Las creencias profundas son tan poderosas, que se esconden de tal manera que se hacen escurridizas y fantasmales. Para descubrirlas y determinar su efecto, no sólo en el comportamiento de las personas, sino en su destino y en su felicidad o sufrimiento, hay que investigar en la forma y metodología de pensar, aprendiendo a hacer de lado el contenido. Mi propuesta es que para identificarlas, tenemos que caminar hacia atrás, muy atrás y hacer de lado los contenidos y las conclusiones, concentrándonos en los procesos que dieron origen a la manera en como se piensa y que se constituye en la “cuna” de las creencias.



Creencias y Verdad


Al referirnos al hecho de “creer” nos topamos inmediatamente con su consecuencia, la “verdad”. Creer es un acto inconsciente, a veces incluso involuntario pero necesario para vivir, para seguir construyendo nuestra vida, y para ello necesitamos “verdades”, de preferencia sólidas, que no se muevan y si pueden ser inmutables y eternas, mejor. Es muy fácil pasar de creencia a verdad y por lo tanto, parece ser muy difícil el tránsito opuesto, es decir, hacer de lado la verdad para cuestionar la creencia. Intentar siquiera este proceso nos sacude, mueve nuestra estructura de personalidad y nos conecta con el vacío, con lo que no somos o no queremos ser. La ausencia de creencias sólidas es como un mar de arcilla, con inmensas posibilidades pero sin ninguna certeza.


A veces la vida, con su fuerza y sus inesperados acontecimientos, nos demuestra no sólo la fragilidad de nuestras creencias sino incluso su contenido absurdo, que no lo vemos sino hasta que hemos experimentado la consecuencia de alimentar cierto tipo de ideas a todas luces inadecuado para el ambiente en que vivimos. En estas situaciones, es inevitable la pregunta de si era necesario tanto sufrimiento y frustración para entender la necesidad de cuestionar periódicamente los sustentos racionales y emocionales que dan sentido a nuestra existencia, y con mucha frecuencia también, la respuesta es por supuesto NO, no era indispensable pasar por todo lo que hemos pasado para entender una idea tan simple y tan poderosa como la anterior.


Pero entonces, ¿es necesaria la verdad para vivir? La respuesta me parece que es SI y NO. Sí porque los seres humanos pasamos una gran parte de nuestro tiempo construyendo “nuestra propia verdad”, aquello que consideramos válido y útil para nuestra vida, nuestras relaciones y todo aquello que nos importa. Somos seres a los que nos importan las cosas, no somos indiferentes a lo que pasa y generamos opiniones y posiciones; que después nos importa también defender y demostrar su lógica, sobre todo frente a puntos de vista opuestos a los nuestros. Resulta entonces evidente pensar que esta verdad individual, siendo algo muy valioso y respetable, no deja de ser eso: una serie de ideas acerca del mundo y de las personas que se constituye en el faro que ilumina los caminos.


Y NO, porque en el proceso de crecimiento y desarrollo, nos damos cuenta que hemos cambiado muchas de esas ideas que considerábamos fundamentales, básicas e inamovibles. No somos los mismos, cambiamos, a veces aspectos superficiales y poco importantes y otras veces, cuestiones trascendentes en nuestra forma de ser y comportamientos en la vida. No es necesaria la verdad, pero sí es indispensable creer en algo. Por lo tanto, la pregunta no es ¿cuál es la verdad? Sino ¿en qué debo creer? Y esto desde luego no es un asunto menor.


Suponiendo que hasta aquí vamos de acuerdo, o al menos no tenemos discrepancias que nos impidan continuar este razonamiento, el siguiente paso es determinar ciertos parámetros para establecer una posible respuesta a las preguntas anteriores. Uno de los posibles elementos para responder, está relacionado con nuestros objetivos, con lo que queremos ser o incluso con lo que no queremos ser. Me atrevo a decir, con la utilidad y con el pragmatismo, aunque esta palabra no goza de buena fama. Podemos entonces, con base en lo anterior, delinear aquello en lo que creemos, en lo que se constituirá “nuestra” verdad tanto personal como social; esto es lo que creemos de nosotros mismos y de los demás, incluyendo los sistemas sociales, laborales, económicos y políticos de los que formamos parte.


Pero creo que nos hace falta un elemento, vamos a llamarlo de control, porque bajo el enfoque anterior, todo sería válido. Necesitamos la ética, el bienvivir y sobre todo una convivencia sana y respetuosa donde florezcan los atributos y las potencialidades de cada persona. En mi opinión, el desarrollo, tanto personal como profesional, debería ser el elemento clave, el punto de apoyo y la referencia para cualquier creencia que adoptemos. Como usted se dará cuenta rápidamente, estoy cayendo en el establecimiento de una creencia que se constituye en mi verdad, pero la diferencia es, y ojalá sea escuchado de esa manera, que es solamente una de las muchas maneras en que podemos acotar normas y creencias para la sana convivencia.


Todo aquel que aspira a un continuo y permanente desarrollo, debe aprender a cuestionarse a sí mismo. Es la clave, y debe hacerlo con rigor, sin piedad y sin historias protectoras de su ego que dificultan la identificación de las creencias que estorban el avance. Lo que llamamos desarrollo es un permanente cuestionamiento sobre las creencias de uno mismo y de los demás. Tengo la sensación de que toda creencia, por el hecho de ya tenerse y ponerse en práctica, es obsoleta, o lo será en poco tiempo. Tiende a generar beneficios y éxitos, pero no de manera infinita, sino durante un tiempo y dentro de determinadas circunstancias, y éstas últimas deben observarse con profundidad para identificar los primeros signos de agotamiento y obsolescencia. Pero esto no significa que el cuestionamiento de las creencias dé origen inmediatamente a otras. Necesitan tiempo para formarse, para constituirse y sobre todo para ser absorbidas por la persona y su entorno. Sólo entonces producirán resultados y este proceso es el que con frecuencia pasa desapercibido y entonces esperamos que una creencia, por el sólo hecho de identificarse y hacerla parte del vocabulario, se muestre en el comportamiento y en los resultados. Me parece que no sucede de esta manera.


Para explicar lo anterior, tenemos muchos ejemplos a la mano, desde el estilo de vestir, de relacionarse, de cortarse o pintarse el pelo, de hablar, etc. Son tan nuestros, los hemos construido y fortalecido durante tanto tiempo que ya son parte de nuestro ser, y creer que podemos vestirnos distinto, vernos distinto o hablar distinto no son opciones que aparezcan como muy probables en nuestro repertorio. En caso de pensar que necesitamos hacerlo, lo primero es convencerse de ello, de la necesidad de cambiar y después incorporar esa creencia al vocabulario. Tal vez durante la primera etapa, esto es lo único que ocurre. El convencimiento y el hablar; solamente hasta que ha pasado un tiempo se nota algo en el comportamiento y se torna visible, al principio para aquellas personas que están cerca de nosotros. Uno mismo no se da cuenta de estos cambios, a menos que otros lo hagan notar. Las conductas diferentes tienen que ser conscientes, es decir, protegidas porque son frágiles. Las desviaciones son frecuentes y con ellas el desánimo y la tentación de volver a lo anterior. Por eso, ya decíamos en renglones anteriores, la importancia del convencimiento de cambiar, como alerta para las muchas desviaciones que se presentarán en el camino, antes de que los primeros indicios de las nuevas creencias se muestren en la forma de actuar y por supuesto en los resultados. Este no es un proceso nuevo, lo sabemos desde hace mucho, nuestra intuición nos lo señala, pero cuántas veces no quisiéramos que no fuera de esta manera y bastara con creer para que las cosas y las personas fueran diferentes. Alimentar este último pensamiento es el camino más seguro hacia la decepción y la frustración.



¿Cómo se forman las creencias?


Supongamos que ya hemos decidido dar el primer paso, ese donde estamos convencidos de que queremos y debemos modificar nuestro sistema de creencias, sobre todo aquellas que llamamos limitantes y que operan de manera contraria a nuestros intereses y objetivos.


Estamos en la senda de hacer que este convencimiento sea lo suficientemente fuerte para enfrentar con éxito las dificultades que inevitablemente encontraremos en el camino. Una buena dosis de pesimismo puede ser aconsejable en esta etapa, porque con ella podemos imaginar los escenarios más desfavorables que se puedan presentar durante el proceso y las acciones a tomar. Me estoy refiriendo a un pesimismo que tiene como objetivo estar alerta y no generar una confianza excesiva y perjudicial, no un pesimismo que paraliza y nos lleva a la falta de acción. Este es un ejemplo de creencia mía: “una cierta dosis de pesimismo es necesaria para tener éxito y enfrentar con fuerza los obstáculos del camino”. Creo también que me ha dado buen resultado a lo largo de mi vida, o al menos desde que recuerdo que la tengo.

Apunto hacia un pesimismo que se convierte en un contrapeso de la ingenuidad, del pensamiento mágico que considera que basta con querer algo con mucha fuerza para lograrlo.


Tal vez la palabra pesimismo suene demasiado fuerte, pero me gusta que sea así, para mantenernos alerta de falsos optimismos que pueden echar abajo las mejores intenciones. Y esta misma mirada debe orientarse no sólo hacia el futuro, sino al pasado donde encontraremos los orígenes de nuestras creencias más profundas. Y me parece que surgen de una combinación entre educación, primera infancia y las interpretaciones que hacemos de los eventos más relevantes que vamos experimentando en nuestra juventud y adolescencia. No me atrevo a sugerir que ya de adultos nuestro sistema de creencias permanezca intacto, sin cambio, pero me parece que las modificaciones son más lentas y dolorosas, por lo que vale la pena analizar más a fondo, las etapas iniciales de nuestra vida.


Y en esta investigación, no buscamos solamente las palabras o los valores transmitidos verbalmente por las personas significativas en nuestra vida, sino que también los eventos, los acontecimientos de los cuales, incluso, pudimos ser solamente espectadores, pero tuvieron un impacto fundamental, sobre todo por el significado que le adjudicamos. Lo que le ocurre a nuestros seres queridos o personas cercanas y que no son verbalizados ni analizados con otros, ya sea por nuestra corta edad o simplemente porque no fuimos parte de lo que ocurrió, se convierten en sólidos componentes de nuestras creencias, sobre todo por su invisibilidad y porque al no ser compartido con otros, nadie, a excepción de la persona que lo experimenta, sabe que existen.


Doy un breve ejemplo, el caso de una Coachee que durante su infancia fue espectadora de una relación de pareja tensa y difícil entre sus padres, donde su madre soportaba una serie de comportamientos del padre que ella juró que nunca le aguantaría a su pareja cuando fuera mayor. Por supuesto no lo compartió nunca con su madre y más tarde, ya adulta, en sus relaciones de pareja era muy inflexible con los comportamientos de la otra persona que consideraba similares a los que su padre tenía con su madre y ni siquiera consideraba adecuado platicar sobre ello, simplemente terminaba sus relaciones en cuanto aparecía algo que ella CREÍA inapropiado.


Los mensajes que recibimos durante nuestra infancia son cruciales, y esto depende de muchos factores. Consideremos entre otros, el lugar que ocupamos en nuestro sistema familiar. Pueden ser diferentes los mensajes y sobre todo los significados que les asignemos, si somos el hijo mayor, el de en medio, el más chico, o el “octavo de doce”. También la ausencia de mensajes o de atención hacia nuestra persona, tiene mucha trascendencia en las creencias que generamos acerca de nosotros mismos y de los demás. La presencia física o la ausencia, parcial o definitiva de nuestros padres o de los seres queridos, y sobre todo las razones que sabemos o nos hacen creer acerca de esas ausencias. Ilustrando este punto, podemos señalar los mensajes que recibimos de nuestra madre, acerca del cariño que nuestro padre nos tiene o nos tuvo, si es que ya no está presente, o bien los comentarios que cada uno de ellos hace del otro ya sean positivos o negativos, son componentes muy importantes en las creencias que nos vamos formando acerca de nosotros, de ellos y de la vida en general.


El problema central que yo identifico en esa etapa, es que no tenemos forma, al menos en ese momento, de cuestionar esas creencias. Se van formando como yerba silvestre en el jardín sin que tengan resistencia, simplemente crecen, van ocupando espacios, se fortalecen y después, aunque desaparezcan de la vista, sus semillas, sus efectos y su potencial ya sea constructivo o destructivo, permanecen latentes, y se hacen presentes, en la manera en que procesamos la información que recibimos del exterior. Podemos incluso decir que esos traumas ya los hemos superado, pero cómo lo sabemos, no hay manera. Están ahí y seguirán presentes por mucho tiempo. Las creencias son esas raíces, que debajo de nuestra personalidad, mueven los hilos de nuestras emociones y pensamientos y nos hacen actuar de la manera en que lo hacemos. Como diría aquel sabio, el mayor éxito del diablo, ha sido convencer al mundo de que no existe.


Así pasa con las creencias, su proceso de formación y de instalación ha sido tan eficaz y oculto, que no las vemos, solamente percibimos sus efectos, y cuando trabajamos en ellas, y verbalizamos aquellas que consideramos nos ayudarán a lograr nuestros objetivos, pasamos por alto que las raíces de nuestras anteriores creencias siguen estando ahí. No se van o dejan de influirnos por el sólo deseo expresado en una o dos frases. De hecho me parece que nunca se irán, forman parte de nuestra estructura de personalidad y seguirán ahí. Conocer sus orígenes, sus fuentes e incluso los momentos o situaciones en que se formaron, será de gran ayuda para neutralizar sus efectos. Las principales fuentes de nuestras creencias con figuras de autoridad a las que en su momento les otorgamos mucha autoridad, sin darnos cuenta, pero se las dimos y saber el porqué, aunque sea una respuesta en el presente, es de mucha utilidad. Algunas respuestas a esta última pregunta pueden ser: el respeto, el amor, el miedo, la admiración, el ambiente en que estábamos en ese momento o incluso la negación o la evasión que nos llevaron a generar formas de pensar que se convierten en parámetros centrales de nuestro destino.


De ahí que podemos concluir que nuestro sistema de creencias es el lugar desde el cual observamos al mundo, es nuestro punto de referencia para analizar, razonar, sentir y desde luego actuar. En el análisis y eventual modificación de nuestras creencias, es importante no sólo identificarlas, sino también buscar origen; pero además, lo más relevante es identificar con mucho detalle la estructura que han construido y desde la cual nos asomamos o nos escondemos para observar el mundo que nos rodea y las acciones que hacen las personas que nos importan, y decidir en consecuencia el tipo de intervenciones que tendremos al respecto.



Creencias complementarias


En la sección anterior, hemos sugerido que las creencias no desaparecen, sobre todo cuando están tan y tan arraigadas en cada uno de nosotros y con un componente emocional que hace imposible su eliminación total. Tenemos la sensación de que son “nuestras” y por eso hacen referencia a la “manera en que yo soy”, algo que consideramos único y muy personal y que no estamos dispuestos a cambiarlo ni siquiera a cuestionarlo. Con la madurez, la vida, los éxitos y los fracasos que vamos experimentando, nos damos cuenta que algunas creencias y los procesos de las cuales emergen, no nos ayudan, no nos gustan e incluso nos avergonzamos de algunas. Las podemos identificar incluso, como verdaderos obstáculos para alcanzar las metas que nos interesan en varios contextos de nuestra vida. Empezamos a considerar la necesidad de llevar a cabo esfuerzos conscientes para romper los ciclos en las partes más débiles y crear poco a poco una manera distinta de interpretar y de reaccionar, es decir, de SER. Por eso es que creo que el trabajo con las creencias no se limita al cambio de ellas, a la sustitución de ciertas creencias por otras, sino que es realmente un proceso de Transformación del Ser que somos, de nuestra estructura de personalidad, de nuestra manera de ser y estar en este mundo.


Pero entonces, si en la propuesta que estoy haciendo, las creencias no se pueden eliminar ni sustituir por otras, ¿qué es lo que SI podemos hacer? Dejemos de lado el ámbito del pesimismo y pasemos a la sección del optimismo y de la posibilidad. Mi opinión es que las podemos complementar, es como si en el jardín al que me refería metafóricamente en renglones anteriores, empezáramos a plantar flores y plantas más bellas y útiles, apropiadas al clima, a la región y a cómo queremos que se vea, pero sobre todo que las cuidemos, las nutramos y les mostremos cariño y consideración. Entonces el primer paso sería, generar pensamientos e ideas optimistas, alegres, entusiastas en relación con el mundo y con las personas. Sobre todo valorar las relaciones y los ambientes que formamos a nuestro alrededor y procurar que sean positivos y llenos de posibilidades de crecimiento y desarrollo personal y profesional. Lo inicial es sin duda, aprender a tener un pensamiento positivo, y sí creo que se puede aprender a hacerlo.


Como ya lo he mencionado anteriormente, tal vez no podamos expresar con toda claridad lo que queremos de nuestro futuro, pero es indispensable que tengamos definido con toda claridad lo que NO QUEREMOS, lo que no estoy dispuesto a soportar, a ser o a tener. El campo del NO debe estar perfectamente acotado y limitado. El campo del SI puede ser tan amplio que sus posibilidades sean prácticamente infinitas. La aventura, lo desconocido, la improvisación y la creatividad deben ser sus componentes básicos. Hagamos espacio a una fuerte y poderosa creencia en nosotros mismos, en nuestra capacidad creativa y en nuestra fortaleza para enfrentar con efectividad los muchos impedimentos que encontraremos para construir el tipo de persona que queremos ser. La amplitud de posibilidades y no la estrechez de metas, debe ser una de las nuevas creencias que incorporemos a nuestro sistema.


Complementemos las creencias, no pensemos que las podemos eliminar, en todo caso, consideremos que algunas de ellas, aún las que menos nos gustan, pueden llegar a ser útiles en algún momento. El futuro seguirá siendo un misterio y no sabemos qué parte de nuestra personalidad podrá ser necesaria. Simplemente construyamos un nuevo sitio de observación, pero no destruyamos por completo el anterior, no sea que en algún momento necesitemos regresar a él. Veamos algunos contenidos específicos de creencias que podemos complementar.



CONOCIMIENTO TÉCNICO Y COMPETENCIAS CONVERSACIONALES


En cualquier área de nuestra vida, laboral, personal, social, económica, etc., hemos creído que el conocimiento es fundamental e incluso suficiente para tener éxito. No es raro identificar a personas que han centrado su crecimiento en la acumulación de información con la esperanza de convertirlo en conocimiento y posteriormente en aprendizaje. Pero ¿cómo haremos útil y productivo ese conocimiento si no lo socializamos y lo ponemos a prueba frente a las ideas de los demás? El conocimiento se ejerce conversando, hablando de ello. Es sabido que cuando se enseña y se transmite alguna información, quién más aprende es el maestro. Si hablamos de lo que sabemos, le encontraremos nuevas aristas y enfoques, lo sometemos a la indagación de los demás y en ese camino, encontramos sus puntos débiles. Por ende, lo fortalecemos y lo hacemos crecer.


Pero no se trata solamente de hablar de lo que sabemos, sino que tenemos que aprender a hacerlo bien. Todos recordamos al profesor del que nadie dudaba de sus conocimientos, de su experiencia y del amplio dominio que tenía sobre la materia que enseñaba, pero que era muy torpe para transmitirlo de manera efectiva. Sus planteamientos carecían de lógica, era muy difícil seguir su razonamiento porque saltaba de un tema a otro. Cuando excepcionalmente aceptaba una pregunta, su escucha era muy deficiente y contestaba algo muy diferente de lo que su interlocutor necesitaba saber, en fin, que nunca se preocupó por aprender a “hablar” de sus conocimientos de manera estructurada, sus palabras brotaban de su boca como de un tubo que se ha roto y envía el agua por todas direcciones. Si reflexionamos sobre personas así o similares, concluimos que su gran conocimiento y experiencia eran estériles, no se compartían ni producían resultados, o tal vez sí. La consecuencia era a veces que terminábamos odiando esa materia y jurando que nunca nos dedicaríamos a eso. Un resultado muy lejano del que sin duda el profesor esperaría lograr desde su buena intención, pero pésima competencia conversacional.


El mundo organizacional está lleno de personas que tienen excelentes ideas, pero son muy malos para presentarlas, para convencer a otros, para combinar la emoción con la lógica y producir excelentes resultados en quienes le escuchan. Tienen grandes aspiraciones y esperan lograr muchas cosas, pero sus esfuerzos se ven restringidos por su incompetencia al comunicarse, al compartir sus ideas. La creencia de que el conocimiento es necesario para triunfar, no se puede eliminar, es útil y sobre todo nos impulsa al aprendizaje, pero es incompleta, necesitamos agregarle la creencia de que también necesitamos aprender a transmitir con efectividad todo aquello que sabemos y hacer que otros sepan que sabemos.


Cuando somos tratados como una persona que sabe, el ambiente que se crea a nuestro

alrededor es el mejor caldo de cultivo para la aparición de grandes éxitos en lo profesional y personal. Nuestra imagen privada y lo que otros piensan acerca de nosotros, es un enorme impulso para generar cosas positivas en nuestra vida que ocurren sin que sepamos necesariamente cómo pero están ahí, y sólo demandan tener la audacia y el valor para aprovecharlas. Por supuesto la creencia para ser útil, debe complementarse con la confirmación interior. Yo también debo tener la creencia acerca de mí de que sé, que tengo información y soy hábil en mi trabajo, pero además que soy un buen conversador, que transmito lo que poseo de manera agradable y accesible y que los demás valoran, tanto mi conocimiento como mi disposición para compartirlo y que de ninguna manera soy una persona egoísta con lo que he aprendido.



EL INDIVIDUO Y LAS RELACIONES


Esta es tal vez una de las creencias que más profundamente tenemos arraigadas y que más daño nos hace sin darnos cuenta. El problema, como ya hemos dicho anteriormente, se presenta como una creencia positiva o al menos inofensiva, y en eso radica su gran poder destructor. La excesiva preocupación por el bienestar personal actúa en detrimento de la preocupación por los demás, por el medio ambiente, por las causas sociales, por los vulnerables y por todos aquellos que nos rodean y que se pueden ver afectados por un comportamiento así.


Creo que en una etapa muy particular de la historia de la filosofía y de la psicología, se popularizaron expresiones como “busca la felicidad en ti mismo”, “si tú estás bien los demás también lo están”, etc. y aquí voy a utilizar una publicación en Facebook del Coach Omar Salóm que dice: El desarrollo personal es hoy, lastimosamente, un objetivo culturalmente más valorado que la relación amorosa, las relaciones de amistad (a veces de toda una vida) y que el compromiso social. Donde nos perdimos y caímos en este individualismo patético de "MI desarrollo personal". Y no puedo sino estar totalmente de acuerdo con lo que dice.


Hemos dejado de lado la importancia de las relaciones, del otro y del bien común. Muchos de los problemas que enfrentamos como sociedad en estos tiempos, provienen de este enfoque. Y no estoy negando la importancia de estar bien con uno mismo, sino que a lo que me opongo, es a convertirlo en el objetivo principal de una vida. La creencia de que la preocupación por el bienestar de otros implica renunciar a la individualidad no sólo es falsa, sino altamente dañina.


Si regresamos a la búsqueda del origen de nuestras creencias, nos damos cuenta que surgieron siempre en una relación, en un conglomerado del cual formábamos parte. Somos producto de los diálogos que establecemos con el mundo, con las personas y con nosotros mismos. No estamos hechos para vivir en soledad o aislados de la sociedad de la que formamos parte.


Incluso, si lo vemos desde la perspectiva funcional, las buenas relaciones me mantienen en la mente de las personas con una calificación positiva, como alguien valioso, interesante y con quien vale la pena pasar tiempo y compartir cosas importantes y profundas de la vida.


Combinadas, esta creencia con al anterior, cómo vamos a renunciar a cultivar una relación con quién a través de su conversación, nos ilustra, nos cuestiona y nos permite aprender. Incorporar esta creencia en nuestra estructura de pensamiento nos coloca en una posición de observador muy distinta, porque no sólo vemos personas o entidades, sino que nuestra atención se fija en las relaciones, en los ambientes, en los vínculos que unen a las personas y en el producto que de ello surge.


Veamos nuestra vida como una red, no como una línea. Esta última visión nos hace interpretar desde una perspectiva lineal, donde tenemos un principio y un fin, un punto de partida y un punto de llegada. En cambio, si lo vemos como una red, no tenemos una línea, tenemos muchas, no sólo un punto de partida, sino muchos, y lo más importante, no buscamos un solo objetivo, sino una gama amplia de posibilidades que se irán construyendo y consolidando a lo largo del camino. La red no tiene un camino a seguir, sus opciones son múltiples y no sabemos dónde terminará. Lo que sí queda claro es que nunca es suficiente. Los hilos de esa red son nuestras relaciones, y entre más fuertes y múltiples sean, más opciones de felicidad y realización tendremos.



PENSAMIENTO EXCLUYENTE Y PENSAMIENTO INCLUYENTE


Esta es otra de las creencias que nos hemos instalado desde hace muchos años. Es esa idea de que tenemos opciones en la vida y estamos obligados a escoger y por lo tanto, a excluir. Queda claro que toda decisión implica optar por algo y desechar lo demás. Y por supuesto que tenemos muchas situaciones así en la vida, por ejemplo, qué carrera estudiar, con qué persona compartir nuestra vida, en qué empresa trabajar, etc., pero la creencia limitante consiste en pensar que esa es la forma única de abordar la gran mayoría de las situaciones que vivimos.


Pero no es así. Muchos de esos dilemas lo son sólo en el lenguaje y en la tradición de quienes nos han formado. Y aquí podemos ofrecer algunos otros ejemplos, el trabajo y la diversión no son compatibles, en el trabajo no haces amigos, un jefe tiene que ser duro para que sea respetado, la productividad requiere exigir a las personas y muchas otras ideas similares, que pueden ser observadas de manera distinta si aprendemos a sustituir la “o” por la “y”.


Entonces las creencias se pueden modificar, “qué hago, trabajo o me divierto”, “hago lo que me gusta o gano dinero”, “logro resultados o mejoro el ambiente laboral”. Al decirlo sustentado con la creencia del pensamiento incluyente, nos damos cuenta que lo peor que puede pasar es que sea cuestión de prioridades o de tiempo, pero no son opuestas ni mucho menos diferentes.


Creer que podemos incluir en lugar de excluir, nos vuelve más poderosos, más amplios en la consideración de posibilidades y por lo tanto, con una mayor capacidad de influencia en el mundo. Creer que podemos incluir aumenta la disposición de recursos, de personas y de elementos para utilizar. Además nos coloca en proyectos donde el aprendizaje está por encima de los resultados y esto potencializa muchísimo los objetivos que podemos alcanzar en el mediano plazo.


Por otro lado, la creencia incluyente nos convierte en personas divertidas, creativas que propician no sólo que otros se acerquen, sino que hagan lo posible por compartir con nosotros.


La inclusión nos permite convivir con personas que son diferentes y participar en grupos heterogéneos, donde las discusiones y los desacuerdos abundan, pero que en sí mismos contienen la semilla de las grandes ideas y los logros espectaculares. Si solamente convivimos con personas que comparten nuestra filosofía de vida, nos estancamos. Seguramente no tendremos conflictos y la vida transcurrirá dentro de lo conocido y lo predecible, pero ahí moriremos de inanición.


La creencia fundamental es “lo diferente es divertido y potencialmente productivo”, en lugar de pensar que lo nuevo y diferente es amenazador y se debe evitar. Me parece que la creencia que obstaculiza todo lo anterior, es que la estabilidad es un objetivo en la vida. Aspiramos a un trabajo, a una relación y a una posición laboral y social estable, pero esto es tremendamente peligroso, como seguramente muchos de nosotros ya hemos experimentado. La creencia podría cambiar a que la estabilidad es en todo caso, una etapa. Aspiramos a períodos de estabilidad en nuestro trabajo, en nuestra relación o posición, pero sabemos que deberá terminar y producir situaciones de caos y de confusión, de donde saldrán mejores condiciones que las anteriores.


Como dicen que dijo Albert Einstein, la mente es como un libro, solamente funciona cuando está abierta. Abrámonos a las opciones, en lugar de cerrarnos en lo que ya conocemos y dominamos.



SOLIDEZ Y FLEXIBILIDAD


Esta es otra creencia que ha gozado de mucha aceptación en el pasado y aún en el presente.

Muchas veces escuchamos: tienes que ser fuerte, aguantar y esperar. En el terreno de las ideas, esto resulta altamente perjudicial y da paso a dosis importantes de sufrimiento inútil. Cambiar de opinión y aceptar los puntos de vista de otros, es visto como debilidad, como falta de convicción y de fuerza. Pero el problema básico de la solidez, es que las personas o las entidades que son así, aguantan mucho, pero un día se colapsan y cuando eso pasa, literalmente, no tienen remedio, no hay forma de componerlos. Es como el vidrio y desde luego para muchos casos es necesario, pero no podemos adoptarla como una creencia absoluta y aplicable en todos los casos.


El complemento es la flexibilidad. En el ámbito humano le llamamos resiliencia. Es la capacidad de los seres vivos para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas.


Cuando un sujeto o grupo es capaz de hacerlo, se dice que tiene una resiliencia adecuada y puede sobreponerse a contratiempos e incluso resultar fortalecido por éstos. Lo anterior tiene una base biológica sustentada en la plasticidad del Sistema Nervioso de los humanos, que nos permite adaptarnos a situaciones nuevas y diferentes. Negar esta capacidad y concentrarnos en un aparente estado de solidez y rutina, podríamos considerarlo ir contra nuestra naturaleza.

Necesitamos movimiento y cambio.


Cuando analizamos grupos de trabajo e identificamos a los que son más efectivos, la flexibilidad aparece como una característica fundamental. Sus integrantes son capaces de llevar a cabo múltiples tareas bajo distintas condiciones. Tienen capacidades de liderazgo y al mismo tiempo son excelentes seguidores. Pueden ser muy ordenados y estructurados, pero también creativos y ambiguos. A nivel personal, implica que trabajo y aprovecho al máximo mis fortalezas y aquello que hago bien y me gusta, pero no descuido el trabajo con mis áreas de oportunidad, con aquello que no hago o no me gusta. La flexibilidad mental significa que con voluntad y dedicación puedo desarrollar habilidades que no tengo y complementar lo que hago bien. Es la creencia de que me puedo convertir en una persona que puede adaptarse, soy maleable, propenso a participar en los cambios y en la dinámica de todo sistema vivo.


La flexibilidad como característica tiene muchas aplicaciones. Pero en el contexto de este artículo, la proponemos como una propiedad del pensamiento de la persona, como la creencia de que soy una persona flexible, tal vez una variante de la creencia pudiera ser “firme en los objetivos y flexible en los medios”, aunque la expresión anterior, tiene más elementos de solidez que de adaptación, pero de lo que se trata, es de considerar que ser flexible es más valioso que ser sólido, aunque no descalificamos ninguna de las dos ni las llevamos al extremo en su aplicación. Existe un componente muy interesante de la flexibilidad y que tiene que ver con el control. Adoptar esta creencia, implica renunciar a la “ilusión del control”. La solidez se sustenta muchas veces en la sensación de que las situaciones y las personas se pueden controlar, aunque los mecanismos para ello, pasen por encima de la ética o el respeto por los demás. Ser flexible o resiliente, es considerar que se pueden controlar las cosas, máquinas o incluso procesos, pero las personas tienen libre albedrío y toman sus decisiones según les convenga, y esto puede variar de un día a otro. La opción no es entonces controlar, sino crear las condiciones adecuadas para que las personas tomen las opciones que esperamos.



LA META Y EL CAMINO


Este es un buen ejemplo de lo que llamo “Creencias Complementarias”, surgidas del pensamiento incluyente. Ambas son valiosas en sí mismas, pero al unirlas e integrarlas, forman una pareja de creencias de mucho poder. La satisfacción no está sólo en el resultado, como hace algunos años solíamos pensar; está también en el camino, en el trayecto y en el esfuerzo que realizamos para alcanzarla. En cierto sentido podríamos afirmar que ambos se vuelven una sola al señalar que “el camino es la meta”, lo que está al final es hasta cierto punto aleatorio. Incluso le enriquecemos más al afirmar que la meta es solamente un punto intermedio en un sendero que en sí mismo, es interminable. Siempre existirán caminos por andar.


La meta suele ser un pretexto, en ocasiones para descansar, reflexionar y tomar nuevos bríos o para darnos cuenta y valorar a la persona en que nos hemos convertido al esforzarnos por lograr nuestros objetivos. La satisfacción del resultado obtenido funciona como un estímulo de corta duración, pero no podemos vivir con ello, después de todo lo único que queda es el aprendizaje. La autoestima, por ejemplo, se debe basar en lo que somos capaces de hacer en el futuro y no de lo que hemos hecho hasta el momento, porque esto último, es un sentido estricto, no importa, ya pasó. Tengo la creencia de que uno siempre empieza de cero.


Para ilustrar este punto, recuerdo hace algunos años que asesoré a un grupo de directivos de una empresa para reorientar sus conversaciones hacia sus metas. El problema principal, y que era evidente, al menos para mí como observador externo, era que sus conversaciones consumían una buena parte de su tiempo y su energía en describir los logros que habían obtenido en el pasado, los cuales eran valiosos y dignos de reconocimiento, pero inútiles e incluso perjudiciales en el contexto presente. Su intención no declarada, era demostrar que sabían o tenían más experiencia que los demás, en lugar de enfocarse en los retos actuales, y aprovechar los amplios conocimientos que tenían para resolver de la mejor manera los problemas que enfrentaban como grupo y como empresa. No fue fácil que aceptaran esa idea, pero al final era la única salida.


Me parece además, que esta creencia tiene un valor importante detrás de ella: lo indispensable que es en la vida, la diversión, el placer y el disfrute de las buenas cosas. Incluso, más allá de que los resultados sean buenos o malos, disfrutar lo que hacemos se convierte en una condición para la vida equilibrada y feliz de muchas personas. El secreto consiste en hacer que el trabajo, deje de ser un “trabajo” y se convierta en una fuente de inspiración, desarrollo y bienestar y para esto tenemos que creer que la satisfacción está en todo lo que hacemos, no solamente en el logro de un determinado resultado.


Si analizamos este punto con más detalle, podemos encontrar aquí la causa de algunas aversiones o rechazos a ciertas actividades, debido a que no alcanzamos el objetivo que esperábamos y por lo tanto, generalizamos y calificamos negativamente todo el proceso. Pudo ocurrir por ejemplo, al querer desarrollar una habilidad o una competencia. No logramos la meta, pero ese malestar final, nos hizo olvidar lo mucho que disfrutamos el proceso. Si completamos estas dos ideas, tendremos a nuestra disposición una creencia capaz de producirnos emociones orientadas a la acción productiva.



CARACTERÍSTICAS Y VIRTUDES O DEFECTOS


Finalmente, hablemos de esta diferencia. Creemos firmemente que tenemos cualidades y defectos como cualquier otro ser humano, pero el problema es que al expresarlo de esa manera, parece que nuestras características se colocan en uno de esos dos bandos y no pueden salir de ahí. Esto implica que nuestro quehacer se orienta a aprovechar al máximo las primeras y tratar de eliminar o de ignorar las otras. Mi propuesta es que cambiemos esa forma de ver este asunto tan radical y nos observemos como personas que tenemos “características”, las cuales, según el uso que les demos y el momento en que las apliquemos, se convierten en cualidades o defectos. Me parece que es un enfoque más liberador y en consecuencia de mayor poder.


Entonces, las creencias que tengo acerca de mí toman un caris distinto y su clasificación se torna más circunstancial. A manera de un ejemplo simple, puedo afirmar acerca de mí que tengo la característica de “ser tenaz”, lo cual seguramente en muchos casos se ha convertido en una virtud que me ha permitido lograr mis metas, pero en otros casos se ha convertido en un obstáculo que me ha llevado a gastar tiempo y recursos en asuntos que tal vez ya estaban perdidos y no tenía mucho sentido seguir insistiendo, pero la creencia que me dominaba en ese momento, es que dado que “soy tenaz”, la renuncia no era una opción, o bien era percibida como una “derrota” a partir de que no fui capaz de controlar la situación para enfocarla hacia mis intereses o los de mi grupo.

La línea que divide a una virtud de un defecto tiende a ser muy delgada y en ocasiones invisible. ¿Dónde termina la tenacidad para convertirse en necedad?, ¿dónde termina el deseo de colaboración y ayuda a los demás para convertirse en falta de iniciativa y renuncia a nuestros propios valores y objetivos? Me parece que este tipo de creencias respecto a que uno es bueno para unas cosas y malo para otras, independientemente que tengamos evidencia de ello, resulta más perjudicial que benéfico y deberíamos cuestionarlo. Un enfoque circunstancial sobre nuestras habilidades y capacidades, me parece más sensato y puede convertirse en un aliciente para aprender más y no en una forma de pensamiento que clausura de entrada la posibilidad de ser distinto a como hemos sido hasta la fecha. Si se dan cuenta, detrás de todas las creencias propuestas, destaca la idea de flexibilidad, desarrollo y crecimiento continuo por encima de aquellas relacionadas con el determinismo, la estabilidad, la seguridad y la noción de un ser inmutable y difícil de cambiar.


Y además, esta forma de pensar nos da excelentes pistas para diferenciar las creencias

limitantes y las creencias potenciadoras y jugar con ellas colocándolas en distintos lugares según la circunstancia que estemos enfrentando en ese momento. No estoy proponiendo un sistema de creencias que se mueva y se acomode según los vientos que soplen; estoy en principio argumentando en contra de la inflexibilidad y de la intolerancia, así como de las posiciones conceptuales que se niegan a cambiar aún cuando los razonamientos opuestos tengan validez y utilidad. Quiero colocarme en un punto intermedio donde se tenga dominio de muchas formas de ser y de actuar, considerando que la verdadera sabiduría tiene que ver con la sensibilidad para darme cuenta del momento que estoy viviendo y de la capacidad de selección serena y firme para escoger el mejor camino dentro de las muchas posibilidades que yo mismo he sido capaz de generar. Es la idea de movimiento y dinamismo la que subyace en la mayoría de las creencias que yo identifico como potenciadoras.



Creencias limitantes y Creencias potenciadoras


Aún cuando en las secciones anteriores hemos criticado implícitamente el efecto de algunas clasificaciones, existe en el lenguaje de las creencias una idea muy arraigada que no podemos pasar por alto: El hecho de que existen creencias que nos limitan y otras que nos potencializan.


La distinción me parece adecuada y de mucho provecho, si la analizamos desde una perspectiva distinta. Lo primero que quiero proponer es que las Creencias limitantes no son MALAS en sí mismas, y las Creencias potenciadoras no son BUENAS en sí mismas. Entramos otra vez al terreno de cómo las interpretamos y cómo las utilizamos. Analicemos primero cada una de ellas, para entender lo que nos tratan de decir:

En principio podríamos decir que las Creencias limitantes son aquellas que nos producen malestar o angustia. Aceptémoslo, pero ninguna de estos sentires es malo, lo que importa es lo que hacemos con ese malestar y con esa angustia. Ambos pueden ser incentivos para diferentes comportamientos, por ejemplo, para tratar de eliminarlos y sentirnos cómodos y serenos, pero esto último no es producto de creencias potenciadoras, al contrario, puede ser la prueba de que la creencia limitante ha logrado su objetivo. Ya no nos preocupa nuestro malestar y hemos aprendido que podemos ser cínicos y aceptar que estamos mal, pero no nos importa. Así somos y punto.


Pero también puede generar el comportamiento contrario, y darnos cuenta de que ese malestar nos está avisando de que algo no está bien con nosotros mismos o con nuestras relaciones con el entorno y entonces la idea no es eliminarlo y aprender a convivir en paz con él, sino investigar qué lo produce y cómo podemos eliminar las causas, sabiendo que es un paso indispensable en el aprendizaje. La identificación de creencias limitantes, es un primer paso fundamental, pero no para eliminarlas o ignorarlas, sino para sacarles el mayor provecho posible. Algunos otros elementos de este tipo de creencias pueden ser: darnos cuenta que ponemos la responsabilidad de lo que sucede en ideas falsas, mágicas o simplemente inverosímiles. Muy en el fondo sabemos que no son ciertas, pero ejercen en las personas una fascinación parecida a las drogas, es la sensación de que algo o alguien vendrá y resolverá los problemas sin que tengamos que esforzarnos, porque en el fondo, la creencia es que no somos responsables de lo que está ocurriendo, es el entorno o entes ajenos, casi siempre llenos de maldad e intenciones inconfesables que buscan nuestro mal a toda costa. Las creencias limitantes lo son no por su contenido, sino por su efecto. Como su nombre lo dice, nos auto-limitan nuestro campo de acción porque cedemos a otros el poder para actuar y es a través de un mecanismo ya señalado en las primeras páginas de este documento, donde lo importante es sentirnos bien para no actuar, en lugar de aceptar nuestra responsabilidad y orientarnos a la acción. Pongamos algunos ejemplos de Creencias limitantes: “Ya es muy tarde para actuar”; “De todas formas yo sólo no puedo hacer algo”; “No soy bueno(a) para este tipo de actividades”; “Si quieres tener éxito tienes que sacrificarte”; “Grandes esfuerzos, grandes resultados”; “A la gente buena no le va bien”; “Normalmente me equivoco cuando intento hacer algo diferente” y muchas otras que seguramente hemos dicho en algún momento o se las hemos escuchado a otros.


La pregunta central es por supuesto, ¿De qué nos sirve pensar o hablar así?, porque según algunos enfoques psicológicos, estamos obteniendo algún beneficio de ello. Esta es una investigación interesante e impredecible, porque es frecuente descubrir que tengo altos beneficios de ello, pero una vez identificados, la siguiente pregunta debe ser ¿Qué estoy perdiendo o dejando de ganar con esto? Y la respuesta puede ser también sorprendente.

¿Qué ocurre típicamente cuando preguntamos por los beneficios de estas creencias? Las respuestas van mucho por el lado de la comodidad, la ausencia de compromisos, el mantenimiento de la libertad y la independencia y desde luego que son válidas. Pero lo que buscamos no es invalidar estos beneficios, sino que la persona los verbalice, los exprese con pleno sentido de responsabilidad y que asuma las consecuencias de ello. Buscamos hasta cierto punto la concientización –aunque parezca soberbio decirlo- de esas creencias que calificamos como limitantes y sus consecuencias, sobre todo en el mediano y largo plazo. Me atrevo a señalar que sabemos los beneficios, o al menos los intuimos, y cuando conversamos con alguna persona acerca de ello, no hacemos grandes descubrimientos, en todo caso, lo que obtenemos es que la persona se sienta descubierta y eventualmente experimente cierto nivel de pudor o culpa por conformarse con tan magros beneficios.


En cambio, cuando preguntamos por lo que la persona pierde o deja de ganar, el proceso es distinto. Tampoco creo que lo ignoremos, pero no pensamos mucho en ello, principalmente por lo doloroso que significa aceptar que estamos renunciando a cuestiones mucho más valiosas que la comodidad o la pseudo libertad y por darnos cuenta de nuestra pasividad, nuestra ignorancia y sobre todo nuestra irresponsabilidad para con nosotros mismos y con los demás.


Los beneficios están ahí, disponibles y accesibles, pero no son gratis y el esfuerzo necesario para lograrlos, nos atemoriza. Por otro lado, en mi experiencia resulta difícil verbalizar los posibles beneficios de la eliminación de las creencias limitantes de manera concreta y con beneficios emocionales. Casi siempre los expresamos de manera ambigua y sin precisión, con expresiones como “mayor desarrollo”; “mejor calidad de vida”; “relaciones más sanas y productivas”; “mayor autoconocimiento”, etc., pero como es fácil percibir, parecen más buenos propósitos que beneficios tangibles que nos entusiasmen. Y esto me parece lógico y en cierto sentido se convierte en un obstáculo muy difícil de eliminar, porque claramente podemos hablar de lo que conocemos, pero no de lo que no conocemos. Puedo hablar de los beneficios que tengo con cierta forma de ser o de pensar porque los estoy experimentando y tengo la sensación de que los conozco, pero cómo puedo expresarme acerca de lo que no he tenido, de lo que intuyo que podría ganar pero no lo conozco, no he estado ahí para describirlo.


Necesitamos mucha ayuda al respecto y mucha capacidad de auto-reflexión. ¿Cómo describo la manera en que quiero ser si nunca he sido así? Son sólo suposiciones, que ya iré ajustando cuando me acerque a eso que considero mi objetivo. Y es en este contexto que aparecen el otro tipo de Creencias, esas que llamamos potenciadoras. Las definimos como aquellas que potencializan nuestro actuar, nuestra forma de ser y nos colocan en el camino de la energía y el entusiasmo. Típicamente son contrarias a las creencias limitantes, por lo tanto tienden a expresarse en lenguaje positivo, señalando lo que SÍ es posible hacer, aquello de lo que somos capaces y que está dentro del marco de lo posible.


Por lo tanto, un primer paso para modificar ese tipo de creencias, es aprender a utilizar un lenguaje positivo, que hable de lo que es posible y de lo que queremos hacer. Aunque es necesario cuidar y tener en cuenta que no todo lo posible es deseable, y es aquí donde está puesta la luz amarilla de precaución para no involucrarnos en cuántas actividades se nos aparezcan. La selectividad responsable es parte de ese sistema de Creencias poderosas. Cuando digo que NO a algo, no es por miedo o falta de confianza en mí mismo, sino porque estoy consciente, que cada SI que doy, implica un compromiso. Mi dignidad personal, que debe ser parte de las Creencias potenciadoras, me permite seleccionar aquellas cosas, personas, proyectos, relaciones, etc. de las que quiero ser parte y de las que no, sin culpa, sin remordimiento y con una sensación de plena realización.


Las Creencias potenciadoras contienen al menos tres elementos centrales en su composición:

El primero es que merezco eso a lo que aspiro. En principio supongo que esto no debería estar a discusión, al final es una opinión personal, una declaración de valor y de dignidad muy personal y ajena a los demás. Pero como ya hemos dicho antes, es una creencia que ejerce su efecto desde las tinieblas, desde la oscuridad y tenemos que enfrentarla, no cuestionándola sino afirmando categóricamente, con lenguaje y cuerpo de SÍ LO MEREZCO, de es legítimo que aspire a eso, que no existe ninguna razón para considerar lo contrario. Más que una creencia, es una forma de pararse frente a la vida, con la frente en alto y con la convicción que me merezco todo lo que la vida ofrece y que ética y responsablemente está en la vitrina. Tiene un costo, pero si lo pago, si entrego aquello que se me requiere a cambio, tengo todo el derecho a disfrutarlo y a compartirlo.


El segundo componente de estas creencias, está relacionado con la posibilidad, con aquello que humana y físicamente es posible hacer. Los seres humanos tenemos una enorme capacidad de intervención en el mundo, pero también tenemos límites, muchos de los cuales están siendo cuestionados y tal vez en el futuro no sean tan limitantes como en el presente, pero por ahora existen, no los podemos negar. A manera de ejemplo, la imposibilidad de modificar el pasado, de estar en dos lugares a la vez, de evitar la muerte, de evitar el envejecimiento, etc. Intentar lo que es imposible nos coloca en un camino de sólo dos alternativas, o convertirse en un héroe y un innovador que cambia no sólo la vida propia sino de la de muchas otras personas, o bien fracasar y tirar por la borda muchas otras oportunidades. No es una decisión fácil, pero el ámbito de las posibilidades no debe ser eliminado cuando estamos seleccionado las creencias que potencializarán nuestro desarrollo.


Y el tercer elemento, tiene que ver con las competencias, con las habilidades que tenemos a nuestra disposición para emprender el nuevo camino que nos conduzca hacia lo que queremos tener o ser. Es igual de importante que los dos anteriores, pero requiere un alto grado de honestidad y valor para aceptar y confesar nuestra ignorancia e incompetencia y comenzar a saber y aprender. La creencia de que tenemos mucho que aprender es valiosa, sobre todo si viene acompañada con la idea de que merecemos saber y de que en nuestro entorno existen las condiciones para hacerlo. Y la creencia más poderosa de todas, y que está detrás y de muchas otras, es que soy capaz de hacerlo, y que así como es infinita mi ignorancia, es también infinito mi deseo y mi capacidad para aprender.

GRACIAS





A cerca del autor

José Zendejas Hernández

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Coaching ha sido uno de los mayores descubrimientos en mi vida.

Se ha convertido en mi filosofía. Es una oportunidad de crecimiento

personal y profesional y una manera de servir a los demás.


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